El olvidado inquilinato de la Cruz Roja
En diciembre de 1999, cerca de dos mil colombianos desplazados por la violencia se tomaron la sede de la Cruz Roja, en Bogotá. Más de dos años después, en agosto del 2002, cuando fue escrita esta crónica, aún perseveraban en la desesperación 47 familias que
necesitan de la ayuda del Estado. Esta es su historia.
Es una desgracia
doble ser pobre y desplazado en Colombia. En la sede de la Cruz Roja Internacional,
en Bogotá, aún perseveran 47 familias, unos 300 colombianos arrojados por la
violencia desde diversas regiones del país, en su afán de obtener protección
del Estado y una oportunidad para rehacer sus vidas en la capital.
Llevan allí cerca
de mil días, resultado de una guerra de desgaste psicológico y moral por parte
de entidades del Estado, como la
Red de Solidaridad Social. “De la red del gobierno anterior,
no queríamos saber nada”, afirma con los ojos encendidos Luz Mery Moya, una
catira cuarentona de Lejanías (Meta). Dicen otros desplazados, que en la Red no los atienden bien, que
los tienen entre ojos, que los maltratan. Como el caso de Sofía Rivas, una
negra de la costa Pacífica, que un día llevó a su pequeña hija María,
enferma y con fiebres, para que la
atendiera un médico por cuenta de esa entidad; sin embargo, cuando le
preguntaron que dónde vivía, ella contestó inocente que en la sede de la Cruz Roja. Entonces,
como si fuera un ser abominable, un espanto que debía regresar a la oscuridad,
la echaron del lugar.
El 12 de diciembre
de 1999, cuando comenzó esta aventura social y humana, eran cerca de dos mil
colombianos con el miedo intacto por la expulsión de sus tierras y con una mano
adelante y otra detrás. Además, con la consabida fila de niños famélicos,
cabellos enmarañados y piel cobriza. La mayoría había hecho una estación previa
en las casuchas de Cazucá, en Ciudad Bolívar, ahí al frente de Soacha, donde
comienza la Colombia
más pobre.
Otros, como Lupe
Ramírez, su esposo, sus dos hijos, su nuera y sus dos nietos, arribaron los
primeros días de ese mismo diciembre
desde el Chocó indómito de ríos turbulentos, aguaceros desmadrados y selva
eterna, a una calle adyacente a El Cartucho inefable. En la casa de un indígena
ecuatoriano, un pequeño y oscuro hombre que se apiadó de ellos, uno de los
muchos que venden sacos de lana en los andenes de la ciudad, pasaron dos noches
que le agradecerán toda la vida. Después salieron para una casa-lote de un
cuñado, en el barrio Santa Librada; de allí, a las pocas semanas, para la sede
de la Cruz Roja.
Allí siguen.
José Bustamante, un
desplazado solitario que llegó arrojado desde el sur de Bolívar, vivía en un
barrio de calles fangosas de Soacha, de la caridad de un señor enfermo de
cáncer, desplazado de la década de los 50 desde los Llanos. Como todos los
demás, a comienzos de diciembre de 1999, le llegó el rumor de que se preparaba
una toma de descamisados, de miles de colombianos expulsados del paraíso, que
habían llegado en los últimos años y meses a Bogotá, a mendigar en los
semáforos, a pasar hambre en piezas oscuras, a ver morir a sus hijos pequeños
de enfermedades sin atención.
El 12 de diciembre
asestaron el golpe de la toma: el único recurso que a veces el establecimiento
les deja a los pobres y a los desplazados, para que reclamen atención y respeto
por sus derechos de segunda.
Desde entonces, ya
han transcurrido más desplazamientos forzados: son más de dos millones de personas,
según organismos internacionales; setenta mil colombianos han sido asesinados;
se hizo añicos el proceso de paz; han muerto en vida unos diez mil
secuestrados; los escándalos de la corrupción pública producen vergüenza
nacional, y los desempleados se suicidan, matan, secuestran, ven frustrados sus
sueños, se van del país y se resignan. Con estas tragedias, como plagas
medievales, sobre un solo país, los desplazados de la toma a la Cruz Roja están en el
olvido.
Mientras, unas
horas después de la intromisión a los cinco pisos de la carrera 14 con 81,
hasta entonces una refinada y moderna edificación donde funcionaba la Cruz Roja Internacional
y unas pocas empresas particulares, 260 familias arrancadas del amasijo
pluriétnico y multicultural verdadero, intentaban repartirse el espacio, y
organizar las ayudas y la vigilancia. En los primeros días se hacinaron en los
corredores. Las oficinas estaban cerradas. Cuatro suizos silenciosos y
neutrales, en turnos de a dos cuidaban las instalaciones, sobre todo los miles
y valiosos documentos que allí reposaban.
A la brava
Con el paso de los
días, con el forcejeo con la policía que intentaba tomarse por asalto el lugar
y desalojar a los desalojados, ellos, como una manera de aferrarse al lugar,
entraron a la fuerza a las oficinas clausuradas. Vino el desmantelamiento y
arrasaron con lo que había, y adecuaron a la brava escritorios, computadores,
archivos y divisiones de oficina como camas, cunas, cocinas, comedores y
lavaderos de emergencia.
Desde el primer día
han contado con la solidaridad de vecinos de un sector de aire aristocrático,
con la ayuda desinteresada de familias y ciudadanos anónimos, con la dádiva
interesada de políticos, organizaciones, empresas y religiones. Sin embargo,
hay días en que las madres, desde el amanecer, no pueden contener el llanto de
los niños hambrientos, mientras sus maridos recorren ansiosos y aplastados las
calles adyacentes, en busca de una oportunidad de trabajo o de unos pesos para
una bolsa de leche.
Nunca les ha
faltado el agua y la luz, aunque en los primeros días corrió el rumor de que
las autoridades, dentro de su estrategia de sometimiento y desalojo, les iban a
suspender los servicios. Cuando acamparon allí, había decenas de líneas
telefónicas en servicio. Las utilizaron sin responsabilidad. Llegaron recibos
de cobro por quince millones de pesos, contabilizando llamadas a todas las
largas distancias posibles, y hasta, ¡insólito mundo!, a líneas calientes. Hoy
no tienen ninguna en servicio. Lo que sí les mantienen, ante la ausencia del
pan nuestro de cada día, es el pan mediático de la televisión por suscripción.
Se apretujaron.
Tanto, que surgieron nuevos amores; otros viejos se marchitaron y se separaron;
en la cúspide del silencio nocturno, se escuchan jadeos y suspiros de amores
ajenos; han nacido allí ocho niños; se han peleado con insultos de los peores
calibres, blandiendo palos y, en ocasiones, machetes para amenazar al vecino,
al compañero de toma; el chisme como cuchillo corre cantarino como cascada en
invierno; de las cuerdas atestadas de ropa
del patio central o de los corredores se pierden brasieres, camisas y
demás prendas, lo que genera desconfianza y, en no pocas ocasiones,
discusiones, acusaciones y peleas.
Para Luz Mery Moya ha sido como vivir en un
inquilinato, sin las ventajas del inquilinato de verdad, como el poder reclamar
ante la dueña del lugar la pérdida de unos cucos.
De policías y envidias
Durante estos casi
tres años, han resistido tres intentos de desalojo, que parece han sido
desmontados. Hoy, muchos de los policías que conforman el anillo de seguridad
del edificio, tienen cordiales relaciones con la mayoría de los habitantes del
edificio. Incluso, entran, en ocasiones, a preparar desayuno en una pequeña
tienda de víveres montada dentro, hace pocos meses, por una señora
desplazada.
A causa de la pelea
jurídica que han desarrollado, muchas familias han recibido auxilios, préstamos
y subsidios del gobierno para comenzar una nueva vida. Con el soporte
providencial de un colectivo de abogados, han esgrimido tutelas, acciones de
cumplimiento, derechos de petición y demás armas legales, para exigir sus
derechos. La lucha ha dado sus frutos positivos y favorecido a 216 familias.
Aún perseveran en la desesperación cerca de 47 familias.
“Ahora vivimos
bien. Antes había mucha gente. Estábamos acosados”, dice José Bustamante, quien
sin embargo sigue durmiendo en una delgada colchoneta sobre un viejo
escritorio.
No obstante, antes,
cuando había más necesitados, eran más unidos, más solidarios entre ellos.
Ahora, la rapacidad sobre los mercados que reciben en donación se ha vuelto
costumbre. Los habitantes de los pisos de arriba acusan a los de los pisos de
abajo, de no avisar cuando llega la ayuda y de quedarse con los mercados a
costa de las necesidades de los demás. “Aquí hay mucho egoísmo, no comparten;
hay también mucha envidia”, revela con pesadumbre Lupe Ramírez mientras mete la
cara inclinada entre las manos.
Es sin duda la
tensión acumulada por las necesidades, el miedo a perder lo mínimo, el tiempo
transcurrido en vano y la desesperanza sin salida, lo que dispara los
mecanismos de sálvese quien pueda, como en el resto del país.
Bogotá, agosto de 2002
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