Cómo usar un CPAP
Crónica publicada en la revista Bienestar N.° 165, de Colsanitas (https://bienestarcolsanitas.com/articulo/apnea-del-sueno-tratamiento). En ella narro mi proceso de adaptación al CPAP, un aparato que me formularon para corregir o superar las apneas del sueño que me afectan.
Donaldo Donado Viloria
La primera noche fue espantosa.
Me puse la máscara como me habían dicho, ajusté las correas del arnés, encendí
la máquina y me acosté del lado izquierdo. El aire comenzó a rugir. Mi esposa
estaba a mi lado. “Si se aguanta esto, es otra muestra de que de verdad me
ama”, pensé. Era la noche del 4 de julio de 2015.
El aire a presión me ahogaba,
retumbaba contra mis fosas nasales, mi tráquea y mis pulmones. Creí que no
podría aguantar esa invasión repentina, pero al mismo tiempo, por lecturas
previas, ya estaba convencido de que de la aceptación de dormir con ese aparato
el resto de mi vida, dependerían mi vida, mi salud y mi muerte.
Esa noche me desperté varias
veces. Ahogado por el aire y aturdido por el ruido. Pero sabía que no me podía
quitar la máscara. Si lo hacía, perdía, me mandaba un mensaje equivocado a mi
subconsciente. En esa primera noche fui valiente. Pero en las siguientes, agobiado,
en varias ocasiones tuve que sentarme en la cama, apagar la máquina y quitarme
la máscara por unos minutos. Descansaba y de nuevo me la ponía para seguir
intentando dormir con ella. Me vencía el cansancio en la parte final de la
madrugada.
No vivía la terrible situación de
Jean Dominique Bauby, el personaje de la película La escafandra y la mariposa, víctima de un síndrome de cautiverio
cerebral después de padecer una lesión del tronco encefálico que lo dejó
encerrado en su propio cuerpo el resto de su vida y por el que solo movía el
párpado derecho, pero por eso lo pensé mucho en esas horas, sentí compasión.
Unas semanas atrás, un examen del
sueño había revelado mi mal: sufría de apneas del sueño. No sabía que esa
enfermedad existía. Había escuchado la palabra apnea relacionada con el buceo
libre, con ese deporte extremo en la que un nadador profesional suspende
voluntariamente su respiración, se sumerge en el agua y desciende a grandes
profundidades. Heroico.
Lo mío eran solo unas interrupciones
involuntarias de la respiración mientras dormía, que duraban entre segundos y
minutos, y se repetían muchas veces cada hora. Mi esposa me decía entonces que
sentía que yo me quedaba casi sin respiración cuando dormía. Inerte. Después de
sufrirlas durante años, sin saberlo, la consecuencia más evidente y nefasta ha
sido que el ritmo de mi corazón se ha trastornado: padezco una arritmia
controlada con una medicación.
En octubre de 2014, cuando tenía
53 años, me practicaron un polisomnograma (estudio del sueño) con CPAP (siglas
en inglés de Continuous Positive Airway
Pressure, o presión positiva continua en las vías respiratorias) para
establecer oficialmente si roncaba y sufría apneas del sueño. Solo dormí el
48,8 % de los 546 minutos que estuve en la cama de un centro de estudio del
sueño. La conclusión fue que padecía el síndrome de apnea hipoapnea obstructiva
del sueño (Sahos), con un promedio de 64 episodios por hora (severo), con una
duración promedio de cada uno de 21,2 segundos, que se corrigieron con el CPAP
a una presión de nueve centímetros de agua. Sin embargo, siempre lo he usado
con una presión alta de 14 centímetros de agua, por lo que mis episodios de
obstrucción del sueño bajaron a cinco por hora. Normal.
Poco a poco fui venciendo el
CPAP, adaptándome a él, no peleando con él. Sabía que tenía que convertirlo en
mi aliado, en mi prótesis, en mi apéndice electrónica.
Desde entonces, a donde voy lo
llevo conmigo. Sea dentro o fuera del país. En hoteles o en casa de familiares
y amigos, siempre lo llevo, lo instalo y lo uso. Ya no puedo vivir sin él. Me
hace mucho bien. Mi esposa, cuando me ve con la máscara puesta, me dice: “Mi enmascarado”
y se ríe. Aceptación.
Ya no amanezco cansado,
somnoliento, con dolor de cabeza ni irritado.
Si no lo usara, iba seguro a
convertirme en un enfermo cardiaco crónico y candidato a recibir la devastación
de una isquemia cerebral en cualquier momento, entre otros males.
Por todo esto, siento un enorme
agradecimiento por el cardiólogo de Medisanitas que hurgó y hurgó en el
misterio con la práctica de diferentes pruebas y exámenes para establecer el
origen de mi arritmia, hasta que encontró al monstruo agazapado en mis
estrechas vías respiratorias que de noche, cuando intento dormir, se relajan,
quedan flácidas y las tapa la lengua que se va hacia atrás y obstruye mi
tráquea, como una criminal insomne, para conformar un cuadro peligroso que
quizás me tuvo al borde de la muerte, pero que gracias a ese fuerte viento
nocturno que recibo del CPAP, amanezco descansado y renovado, listo para seguir
viviendo a plenitud y para querer más a mi esposa, que por su amor, casi no lo
escucha.


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