Parque de los periodistas, sin periodistas (crónica)
En el
centro de Bogotá son pocos los parques con zonas verdes. Generalmente están
tapizados en cemento o adoquines, dejando pocos lugares para prados, arbustos o
árboles. En la Avenida Jiménez entre las carreras Tercera y Cuarta hay uno
pequeño, pero con un verdor espléndido que invita al descanso. Es el conocido
Parque de los Periodistas.
Cuentan
académicos e historiadores de la ciudad que este espacio público tomó su nombre
por la concurrencia de linotipistas y reporteros en sus predios, en los tiempos
en que los grandes diarios liberales, El Tiempo y El Espectador, tenían sus
sedes en edificios portentosos de la Avenida Jiménez. Hoy solo le queda el
nombre como un homenaje a los periodistas de antaño.
Por las
mañanas es cruzado por burros y borricos arreados por sus dueños, llevando
cargas de latas, galones y sacos que sueltan el rancio y nauseabundo hedor de
la comida podrida. Sus pastores son los propietarios de porquerizas localizadas
en los barrios pobres de los cerros orientales, en busca de los desperdicios de
los restaurantes del centro de la capital. Estos personajes desarrapados y
sucios de grasa, junto a sus animales de carga, le dan una presencia pueblerina
al sector.
En estas
horas las bancas de madera y metal que rodean un monumento a Bolívar están
desocupadas. Luego, poco a poco, van llegando desempleados con las manos en los
bolsillos, jubilados con sombreros y pasitos cortos de niño a pasar largas
horas entre palomas que se alimentan de la caridad pública y el estruendo del
tráfico automotor cercano.
En esta
época de vacaciones escolares aparecen los niños con sus juegos. Ocupan los
prados con partidos de fútbol, entre goles antológicos, tardes soleadas y
torsos desnudos, sin poder alternar las patadas a un balón por otra recreación.
Como
telón de fondo tiene el portentoso edificio del Icfes. Ubicación que hace al
parque cruce obligado de funcionarios de pasarela y ejecutivas de minifaldas
criminales en cuero. También son muchos los gamines y desarrapados que discurren
su orfandad y desesperanzas entre apresurados empleados.
Como
contraste, en el lugar no hay nada que haga alusión a su nombre. Ausente por
completo cualquier monumento, estatua o placa relacionada con el gremio de los
periodistas, solo hay un redondo templete con una estatua de El Libertador, que
conforman ocho columnas a su alrededor y una cúpula cóncava que protege la
efigie de los humores tormentosos del cielo.
Debajo
del pedestal hay una pequeña y húmeda bóveda. Allí tiene su “despacho” un excéntrico
personaje. Es el arquitecto chocoano Luis Barrera, reconocido como “El alcalde
negro”, que asegura que Bolívar fue un invento de los europeos para engañar a
este pueblo de indios. Siempre viste de chaleco y corbata, pero también lleva
encima una bata blanca de burócrata. Alimenta todas las mañanas a decenas de
palomas hambrientas que adornan fotografías festivas y la imagen detenida de
Bolívar.
En
ocasiones, cuando se acercan las horas del mediodía, seis intérpretes de música
andina alegran el paseo de la hora y se rebuscan para los almuerzos. Otros días
aparece un extraño pintor de boina terciada, que con paleta y pincel pinta al
óleo paisajes de tormentas marinas, montañas lúgubres entre el juego de la
brisa helada que baja de los cerros.
Al atardecer
llegan los buses verdes. Han sido fletados por el Estado para transportar a los
empleados estatales que terminan sus jornadas en las instituciones del poder
público. Son decenas de vehículos confortables que parquean en vías aledañas.
Luego de partir llegan otros carros. Son las ventas de perros, arepas, chorizos
y gaseosas que mitigan el hambre de los oficinistas de espíritu cívico. Porque
contra toda anarquía, los usuarios del servicio de colectivos hacen allí filas
de clara estirpe cívica para tomar los vehículos.
Al llegar
la noche, luego de disipada la nube de gente que regresó a sus casas, emergen
las figuras oscuras de recicladores con sus carros de balineras delante y su
tropa de mujeres, niños y perros detrás, así como truhanes y demás facinerosos
que hacen de ese sector un territorio comanche. A medida que avanza la noche y
el frío, se va desvaneciendo la atmósfera apacible y acogedora del día. Cruzar
por el medio del parque se convierte en una osadía, ya que muchos personajes en
círculo traman emboscadas, atracos y demás truhanerías de delincuentes.
Bogotá, 1987 o 1988.
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